lunes, 23 de febrero de 2026

happy meal

Siendo completamente honesto, no puedo referirme a ámbitos laborales o familiares, o, incluso, a ámbitos de amistad o de ser conocidos “normales”. Usted sabe: las circunstancias de nuestra coincidencia y el ímpetu del interés se han dado en un espacio “raro”, incluso para estos tiempos confusos y jodidos, aun si lo raro de un internet relay chat entre extraños es, de hecho, menos raro que el espectáculo exhibicionista entre “conocidos” y “amigos” que hoy en día es la norma.

En cualquier caso, lo que escribo sólo se circunscribe a la dimensión personal y directa que, en el mar de ceros y unos (lo digital), hemos construido. O sea, mis observaciones y comentarios no son ni pueden ser un juicio objetivo, amplio y sentencioso que diga qué es o qué no es Camila Barrios; no de una forma totalizante ni cerrada; así como, tampoco, de una forma que capte todas las Camilas que son usted misma, al tiempo, sin invalidar los demás rostros y máscaras (y confusión de rostros y máscaras) que ha de emplear cuando la ocasión lo precise.

Dicho lo anterior (que sólo reflejo lo que usted me ha mostrado, sin subestimar ni sobrestimar aquello que -de hecho- no conozco), también reconozco un enorme sesgo insalvable: mi admiración fija por usted, como devoto obnubilado por la iconografía, que justifica y enaltece todo lo que opta por compartir.

Sin duda, eso tiñe estas palabras y mil pensamientos más con el violeta exclusivo de la guarda pretoriana que cuidaba a los emperadores romanos o el azul grisáceo de las agonizantes tardes de primavera (exasperadas de tanta vida), afirmando, con absoluto convencimiento, que aún lo atroz e indecible es purificado y resignificado al ser hecho o concebido por usted, en sus días de enfermedad, en sus noches de febrilidad, en tardes de perdición, o mañanas de iluminación.

Así, sólo me queda decir que Camila, Camilita, no es “una buena para nada”. No porque -repito- pueda afirmarlo en toda la extensión de su ser y su vida (que, por lo demás, no conozco pero que sí quiero conocer toda, maravillado); sino porque eso que veo, desde el umbral de la puerta entreabierta, me dice que es así, me dice que…

...Camila es buena echando chistes y bromeando, que es ocurrente, demasiado inteligente, que conoce muchas cosas y puede relacionar ideas disímiles y lejanas para dilucidar lo imprevisto, que lee mucho (en serio, mucho), que es sensible y perceptiva, que es genuina, que es abierta y tolerante pero con los juicios e ideas justas para este mundo detestable, que es enigmática y encantadora, silenciosa y detallista, orgullosa, tan sútil como un gato centinela y, al tiempo, juguetona y desbordante como un gato cazador, es sabia y buena consejera y contertulia, es honesta, críptica, ingenua y mordaz, es un viaje de ida a la belleza universal y de regreso a la fealdad singular, es el respeto amistoso pero formal, un cúmulo de anécdotas simpáticas y chistosas y melancólicas y solitarias, sé que es buena hermana (aunque sus hermanos no opinen lo mismo al recordar sus pedos) y una hija “divertida” que siempre está, a su modo, lo suficientemente explosiva y directa para no guardarse nada, pero, también, para disculparse y sentir remordimiento, que no teme contradecir ni recoger sus ideas o palabras ante el error, que, aún muriente por el dolor de su casa incendiándose, se levanta todos los días a vivir lo más plenamente posible, con la fuerza de su espíritu y la voluntad de su corazón ardiente.

Eso, todo eso, no es ser una “buena para nada”. Otro día vendrá en el que la luz que emana de usted se torne evidente para más personas; por hoy -y por los demás días amargos que vengan-, trate de verlo y sólo descansar, por favor.

Y recuerde: usted es su propio refugio.


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Hay una frase espuria de Nietzsche (espuria porque no la dijo, verbatim, sino que es una interpretación más libre de un aforismo): “quien tenga un porqué para vivir, puede soportar cualquier cómo”.

Con frecuencia he pensado que el problema central de muchas vidas (o al menos de la mía, para no pretender plurales que no merezco) es la falta de sentido. Este otorga un rumbo y destino, un fin, un camino. Teniendo eso (poca cosa, ¿no?¡Ja!), lo demás es secundario: ¿quiere escribir? El hambre no importa, ¿quiere la revolución? El sacrificio es bienvenido, ¿quiere la igualdad? La ruina es temporal, ¿quiere gloria? Guerra siempre habrá, ¿paz perpetua? Bajar a Dios del Cielo tardará. En fin, los proyectos inagotables son sendas abiertas a quienes decidan dedicar sus ocho décadas de vida -en promedio- a estos.

No obstante, el problema, en el fondo, sigue igual. El sentido de la vida no se halla en la Biblia, en manifiestos, en novelas, en tratados, en películas, discursos o movimientos. O mejor dicho, sí se halla en estos, pero no está confinado y reducido a estos, como si fuera una pieza pequeña y preciosa de colección; sólo está ahí de forma fragmentaria y temporal. Un pasaje de Jesús sobreponiéndose a la tentación nos puede parecer sublime y exuberante un día, mientras que, al siguiente, nos provoca asco y desprecio por los moralismos pastoriles de hace dos mil años.

El problema del sentido, entonces, toma este cariz: no es cuestión de tomar tal o cual camino, de seguir una causa o enarbolar la bandera opuesta, ser el perpetrador de todas las injusticias o el redentor absoluto; el problema es que, examinadas como verdades o hechos solitarios, como monolitos en los que (mal)gastar la vida, no hay algo por lo que verdaderamente estemos dispuestos a morir y enfrentar todos los cómo y el sinfín de adversidades en el camino, no es posible encontrar una fe inquebrantable y sempiterna en la cual enterrar el sinsentido que es existir, con todo su malestar.

Así, ante tamaña afirmación (muy probablemente falsa, como casi todo lo que ideo), sólo puedo rememorar el sentimiento que cargo de alguna novela: queremos que nuestras vidas sean aventuras, tal como en los libros, que se sientan que somos los protagonistas de lo hechos, que, aun impuestos, son escenarios en los que desplegamos la agencia individual y creadora (poiésis) para obrar en el mundo y transformarlo desde nuestro parecer. No basta más que eso, no basta más que sentir que, por nimia que sea la trama, el día a día se sucede como episodios encadenados de una historia que avanza, que somos autores y personajes principales de nuestra historia particular.

Y, sin embargo, la película sigue, los actos del teatro avanzan, y el público (que somos nosotros mismos, un único espectador sentando entre asientos vacíos) no se da cuenta que el indio de reparto que fue abatido por el vaquero es el que puso título a lo que ocurre en el escenario. Es decir, la vida, nuestra vida, avanza, pero sin nosotros, que hemos caído del caballo que, igual, no iba para ningún lugar (total, nadie nos espera, ¿o no, Los Suziox?).

En cualquier caso, he de conceder esto: ¿ustedes sí tienen su sentido, su historia, y el tiempo discurre hacia el fin que desean? Quizá, yo mismo (ahora sí, primera persona singular) sólo me ahogo en una piscina vacía, me estrello con muros inexistentes, y hago el ridículo escribiendo esto.


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You look fun to hang around with. Wanna go on an adventure? We can solve mysteries, get drunk and listen to The Smiths. Fucking idiot(s).